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Alana Portero: ‘La etiqueta de ‘literatura trans’ la ponen para empequeñecernos’ – El Tiempo

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Alana Portero se encomendaba a sus santos antes de salir de su casa: desde las criaturas de los cuentos medievales de las obras de Chrétien de Troyes y las leyendas alrededor del mito artúrico hasta seres de la mitología griega o divas del pop como Madonna, que presidía su cuarto con un poster de La Isla Bonita. En la mente de Portero, la ficción se convirtió en su refugio y su frontera con la realidad se hizo difusa. Pero los problemas eran reales: San Blas, el barrio obrero del noreste madrileño donde creció en los años ochenta, estaba asolado por el tráfico y el consumo desenfrenado de cocaína.

Pronto advirtió que para una mujer como ella –una mujer trans–, tendría que toparse con la realidad y lidiar con sus consecuencias más violentas y brutales. “Mi cuerpo se vio desplazado de izquierda a derecha como si un caballo invisible tirase de él. Rodé por unas escaleras (…) y noté un dolor punzante en las costillas, otro y otro más. Vi con claridad cómo alguien me pateaba el costado con unas botas militares. Los golpes empezaron a llegar por todas partes”, describe Sempre, la protagonista de su novela debut La mala costumbre (Seix Barral 2023), –que presentó en el Hay Festival de Cartagena– y se ha convertido en un fenómeno editorial. Pero a diferencia de su personaje, Alana se levantó del suelo y encontró ángeles caídos en la calle, descubrió guardianes en vagabundos o prostitutas cuya valentía sigue inspirando sus pasos y la mantuvo con la frente en alto. “Cuando te maquillas a escondidas, bailas a Raffaella Carrá y Bonnie Tyler, sabes que te espera una vida complicada”

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Alana Portero nació en Madrid en 1978. Es historiadora medievalista de formación (UAM), escritora, dramaturga, directora escénica y cofundadora de la compañía de teatro STRIGA, y escribe frecuentemente en Agente Provocador, Eldiario.es, El Salto Diario, SModa y Vogue.

La mala costumbre es la historia de una mujer atrapada en un cuerpo que desconoce, en una vida en la que en vez de encontrar los tipicos héroes, hadas y ángeles para guiar su camino de autodescubrimiento, se encuentra con una pequeña vecina del barrio San Blas, víctima de violencia intrafamiliar que le clava un cuchillo a su padre, adolescentes con la piel gris que caen desde la ventana de los pisos superiores a su casa para terminar con sus vidas –que ella llamaba ángeles caídos–, ssus amantes de las calles de Chueca –el entonces incipiente barrio gay de Madrid–, o con las Moiras, su grupo de amigas –que se convierten en su familia– en sus frenéticas noches de trabajo sexual. Portero relata cómo lo trans no es una categoría literaria ni una etiqueta, sino una posibilidad para aprender de la imaginación cuando la realidad es despiadada

¿Cómo se relaciona usted con ese mundo de la fantasía medieval desde niña?

Ocupaba un lugar importantísimo en mi cabeza. Yo era una niña que imaginaba mucho, que soñaba muchísimo y que además consumía muchísima ficción de una manera casi compulsiva. Hasta tal punto que muchas de las cosas que me provocaba la ficción mi cerebro no las procesaba como ficciones, sino como realidades. Es como si hubiera tenido dos o tres o cuatro vidas. Es mi lugar de descanso. Es mi lugar de expansión. Es mi lugar de diversión. Es un lugar de tristeza y la posibilidad de tener otra vida dentro de mi propia vida. Mis primeras lecturas fueron libros de mitología adaptada para niños y yo creo que eso conformó una cierta estética en mi mente, en mi cabeza, en mi manera de percibir el mundo y me condiciona muchísimo la manera de leer.

Quisiera leerle esta frase de la novela: ‘Antes de dibujarte a ti misma, los demás te van dibujando con sus prejuicios’. A la protagonista del libro, Sempre, los prejuicios trazaron su rumbo. ¿Cómo consigue usted descubrir su propio trazo y su propia identidad?

Lo que pasa es que yo he tenido más suerte que mi protagonista. Yo he tenido menos muros de silencio a mi alrededor. Los he tenido también, pero yo tenía suerte con mi familia, he podido hablar con cierta libertad, pero efectivamente creo que que toda niña trans, toda mujer trans, tiene una parte de su vida en solitario y suele ser la infancia. En su momento fue triste, pero ahora lo veo como un privilegio porque me ayudó a crear un mundo interior gigantesco que es fundamental para una profesión como la mía. Para escribir diría que casi creé un abismo interior en el que podía pasar cualquier cosa. Entonces eso, en algún momento, deviene en algún tipo de creación, o quiero pensar que es así. Creo que si no hubiera sido quién soy, no me dedicaría a lo que me dedico.

¿En qué momento recuerda acercarse a la literatura con ese fin?

Pues en realidad yo me descubrí en las palabras de los demás, porque yo sabía muy bien quién era desde el principio y de repente la sociedad contradijo esa versión que yo tenía de mí misma. Para mí fue muy sorprendente. De repente empecé a escuchar la palabra ‘niño’ en lugar de la palabra ‘niña’, empecé a escuchar esas cosas y resulta que estaba equivocadísima y el mundo me percibía de otra manera. Yo creo que todas nos empezamos a definir en el lenguaje que escuchamos. Nos definen realmente los demás, sobre todo al principio de nuestra vida, que somos muy maleables. Esas primeras palabras eran de burla, eran palabras duras, palabras difíciles y eso, aunque no quieras, hace que tu percepción cambie y que sea una percepción algo más oscura de ti misma. Creo que empecé así mi camino en la vida, pero enseguida cambió, encontré la luz porque lo verbalicé muy pronto y pude hablarlo. Y creo que recibí bastante cariño. En realidad hubo momentos muy duros, pero las personas que me rodeaban, como mi familia, no lo entendieron, pero fueron cariñosas

¿ La mala costumbre es una novela autobiográfica?

Muy poco. Yo entiendo que la protagonista sí que se parece mucho a mí y tiene recuerdos que son parecidos a los míos, pero yo creo que es porque quería pisar un suelo muy firme para poder construir una buena ficción, y para pisar ese suelo firme recurrí a algunos aspectos en mi propia vida, como mi barrio, como algunos aspectos de la experiencia trans y mi clase social. Hay cosas que sí le he prestado a ese personaje, pero hay muchísima ficción, casi todo es ficción, ni siquiera diría que es una autoficción, pero es como una hermana gemela a la que le han pasado otras cosas o es una yo de un universo paralelo.

La protagonista debe lidiar con la agresión de la intolerancia. ¿De qué manera esos capítulos están marcados también por sus memorias?

El único capítulo que es 100% autobiográfico de la novela es una agresión muy fuerte que sufre la protagonista por parte de unos de unos hombres. Pues eso sí me pasó a mí, lo que pasa que yo reaccioné de manera opuesta al personaje. También en parte gracias al amor que tenía en casa y porque además decidí que a mí no me iban a definir las personas que me odiaban y que ellos no iban a trazarme el camino. Una agresión no es ni más ni menos que un acto de coerción.

¿Cómo logró liberarse?

Lo rechacé inmediatamente aún cuando casi ni había terminado de suceder, decidí que iba a ser más libre que nunca y que mi vida iba a ser en el sentido opuesto a la que ellos querían para mí.

¿Cree usted en la categoría de ‘literatura trans’?

Te voy a dar mi opinión, porque tampoco yo represento a nadie. Creo que esa etiqueta solamente nos la podemos poner nosotras, porque cuando nos la ponen desde afuera es para empequeñecer nuestra obra, para colocarla en un lugar en el estante de los libros que no es el de la literatura, es el de una cosa pequeña que debe ser consumida exclusivamente o bien por esa población o si alguien se quiere acercar a ello para conocer algo exótico. Yo no voy a permitir que hagan eso con mi libro, porque mi libro no es pequeño y no quiero que lo sea. Él y yo tenemos derecho a ser universales y es innegociable. Esa etiqueta nos pertenece a nosotras exclusivamente y somos nosotras quienes tenemos que ponerla. Cuando nos la ponen desde afuera alguien que no tiene nada que ver con nosotras, no confío y la rechazo de pleno.

Alana, ¿cuál es La mala costumbre?

Prejuzgar a las personas que tenemos delante antes de preguntarles quiénes son. Esto sucede continuamente y solucionaría muchísimos problemas y simplemente se resolvería si le preguntamos a la persona con la que vamos a hablar por primera vez: ¿quién eres?

Esta entrevista fue realizada por Gabriela Herrera (@gabrielahergo)

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Pablo Sanchez

Sumergido en el vasto mar de las palabras y esculpiendo historias como un artesano, soy Pablo Sánchez, un Artesano de la Escritura Digital que transforma ideas en relatos cautivadores. Mi formación en la Universidad Pompeu Fabra me brindó el cincel del conocimiento. Como un orfebre de letras, mis escritos se despliegan desde los escenarios de eventos internacionales hasta los entresijos de la política, desde las aulas de educación hasta las luces del entretenimiento y las maravillas del medio ambiente. Cada palabra es una pincelada de autenticidad, tejida con el hilo de la transparencia. Acompáñame en este viaje donde las letras se convierten en notas de un concierto de conocimiento, donde la política comparte escenario con la educación, donde la diversión se entrelaza con la conciencia ambiental y donde cada página es un lienzo en blanco para crear mundos de imaginación.

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