Educación

“La salud mental que me interesa es aquella que te mueve a estirar la mano para ayudar” – Página/12


La pandemia generó muchísimo sufrimiento en la sociedad mundial, pero a la vez, estimuló a numerosos intelectuales a escribir sobre las primeras consecuencias en las distintas poblaciones y en diversas dimensiones que trajo aparejadas la diseminación del virus. Uno de ellos es el prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista argentino Santiago Levín, autor de Volver a pensarnos, quien no pensó un libro técnico desde el punto de vista de la teoría, sino que analizó problemas que dejó la pandemia desde el punto de vista psíquico, con una mirada muy personal y, en algunos casos, vivencial. A lo largo de 160 páginas, el ex presidente de la Asociación de Psiquiatras de Argentina (APSA) desgrana problemáticas como la depresión y la ansiedad, recuerda casos de pacientes que atendió, reflexiona sobre la muerte, menciona vivencias que él mismo tuvo, pero siempre desde su propia experiencia como ser humano -no sólo profesional-, sin dejar de lado su aspecto afectivo en el relato. Más que un libro cerebral, es un libro escrito desde los propios sentimientos que le despertaron a Levín los dos años del coronavirus. Parafraseando a Eduardo Galeano, Volver a pensarnos es un libro sentipensante. “Uno de los títulos posibles era Volver a encontrarnos y mi propuesta fue cambiar el verbo por ‘pensarnos’ porque me parece que una de las cosas que está siendo más necesaria en este momento de nuestra cultura humana es volver a activar la capacidad de pensar. Pensar como actividad reflexiva. Y reflexiva sobre uno mismo, sobre nosotros mismos, qué es lo que estamos haciendo con nuestras vidas, con nuestro mundo, con las generaciones que vienen, con los proyectos”, cuenta Levín en diálogo con Página/12.

La pandemia tomó al mundo por sorpresa y permitió ver de manera muy descarnada, según el autor, el grado de “fallo civilizatorio que genera un desastre ecológico sin precedentes, un tipo de vínculos alejados de la solidaridad y más cercanos al egoísmo y al hedonismo, genera cinco millones de muertes de niños menores de cinco años por falta de alimento en el mundo; es decir, casi una pandemia de coronavirus por año de la que no se habla”. Por otro lado, el psiquiatra brinda un dato alarmante: “La pandemia permitió ver una ola de suicidios muy empeorada por la propia pandemia, especialmente en la franja infantil y juvenil, como nunca antes se había visto. De acuerdo al dato de la Organización Mundial de la Salud, para el año 2050 la depresión va a ser la principal causa de enfermedad en todo el planeta, superando -como ya lo está haciendo en este momento- a las enfermedades cardiovasculares. Si la depresión va a pasar a ser la característica mórbida número uno de nuestra civilización, algo estamos haciendo y pensando muy mal como civilización”, alerta Levín.

-En el libro, de Ediciones Futurock, dice que una niña en pandemia le hizo ver que, además de todas las consecuencias que el virus trajo aparejadas, también están las de orden subjetivo. ¿Cómo notó esto?

-Eso fue una escena en una plaza pública. Una mujer estaba siendo fotografiada por su pareja y el novio le dijo: “Esta foto es sin barbijo, sacate el barbijo”. Ella se sacó el barbijo. Eran gente de mediana edad. Y una nenita que venía con dos amiguitas más, con sus barbijos obligatorios, mirando la escena, se tapó la cara y dijo: “Uy, uy, uy, se le vio todo”. Eso me llevó a pensar, sin ninguna originalidad reclamada al respecto, que para toda una generación de niños y niñas chiquitos que estaban en la etapa exacta en la que se empieza a salir del grupo primario familiar y a compartir con compañeros y compañeras desconocidos y a aprender los lazos de solidaridad, crecer viendo que medio rostro está tapado durante tanto tiempo, seguramente deja la marca de los prohibido, del tabú, aquello que no se puede mirar. Como si fuera la ropa interior tapando la nariz y la boca. Mi inferencia de allí es que, si esto le pasa a una niña en una plaza en un país del sur del mundo, cuánta mella en la subjetividad general debe haber dejado la pandemia de coronavirus por los cambios bruscos en nuestras costumbres cotidianas, en nuestra manera de vincularnos, en la interrupción de los besos y los abrazos, en las familias que se dejaron de reunir. Esto, haciendo un análisis exclusivamente clasemediero porque también habría que ver el impacto en la subjetividad de la gente que vive en condición de pobreza, que no podía por hacinamiento mantener el distanciamiento social o que no tuvo acceso al Wi-Fi para estar conectado e informado 24 x 7. Y al impacto que tuvo en la subjetividad global el hecho de que es la primera pandemia en la historia humana de la era digital. Esta vivencia de cataclismo y de final inminente sólo se logra con una interconexión que provee la tecnología digital, que tiene tantas cosas positivas y tantas cosas negativas.

-Ensaya varias definiciones de salud mental a lo largo del libro. ¿Cuál es la que piensa en estos tiempos pospandemia?

-Yo creo que hay que distinguir, por lo menos, cuatro significados distintos cuando uno usa el sintagma “salud mental”. Y, a veces, se nos mezclan y los que intentamos hacer comunicación no nos logramos entender o hacer entender. “Salud mental” con minúscula es la salud mental individual, cuando uno habla de la salud mental propia o de una persona. Existe también la Salud Mental, que escribimos con mayúscula, que es la salud mental pública, como política pública. Las políticas públicas relativas a la salud mental no incluyen sólo salud, sino también educación, comunicación, vivienda, ecología, vínculos, subjetividad, etcétera. Después, existe la salud mental como campo disciplinar, que es un campo figurado en el que convergen distintas disciplinas: Medicina (con la Psiquiatría), Psicología, Antropología, Derecho, Filosofía. Y un montón de saberes y de prácticas no profesionales que constituyen el campo de la salud mental. Y en cuarto lugar, la salud mental también es un eje transversal, un ángulo desde el cual se puede analizar cualquier instante del acaecer humano: en el embarazo adolescente, en los intentos de suicidio, en las actitudes frente a la muerte, en las concepciones sobre el amor, en la existencia o inexistencia de discursos esperanzadores en relación al futuro, en las concepciones sobre el sentido de la vida. Todo eso es también salud mental desde un punto de vista más transversal y más filosófico.

-¿Qué diferencias tiene la subjetividad con la subjetividad social que menciona en el libro y cómo lo analiza en estos tiempos?

-Subjetividad es un concepto no demasiado antiguo. En realidad, es bastante cercano a nosotros. Hace algunas décadas, se confundía psiquismo con subjetividad, en la teoría. Algunos autores en la Argentina, muy notoriamente Silvia Bleichmar, contribuyeron a distinguir lo que es el psiquismo como aquello más universal (desde el punto de vista freudiano transcultural, modos de funcionamiento del aparato psíquico en la concepción freudiana), a diferencia de subjetividad que vendrían a ser los modos que van cambiando de época en época, en los cuales los sujetos sociales nos concebimos a nosotros mismos. Tiene que ver con los valores, con la idea de futuro, con una cierta idea de política, que van armando la subjetividad de época, lo que cada sociedad considera que es un sujeto pertinente, un sujeto deseable, un sujeto adaptado. Eso tiene que ver con valores que se transmiten a través de las instancias productoras de subjetividad que son clásicamente la educación, la escuela, la Iglesia, la religión, la familia, el cine, las redes sociales, la comunicación estatal. Entonces, existen distintos tipos de subjetividades y un modelo de funcionamiento psíquico que coexisten en la misma persona. En momentos de grandes crisis, producen cambios en la subjetividad, que necesitan un tiempo para entenderse. La pandemia develó y reveló fenómenos, algunos de los cuales se sospechaban y otros son absolutamente novedosos. Y vamos a necesitar que pasen décadas de estudio, de tesis doctorales, de ensayos, de arte, de ficción, literatura, cine, teatro para terminar de entender el efecto a largo plazo que un fenómeno como la pandemia tiene en la subjetividad mundial.

-¿Por ejemplo?

-Una de las cosas que ha cambiado, que nosotros la consideramos positiva, a pesar de venir de un origen doloroso, es que estamos hablando de salud mental más que nunca. Y esto lo dijo el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, en mayo de 2020, muy temprano, al inicio de la cuarentena en Occidente. Dijo: “Prestemos atención a la salud mental porque va a venir un aumento muy grande en la demanda de atención en salud mental”. En ese momento, leímos esa declaración con mucha sorpresa porque la máxima autoridad institucional del planeta estaba hablando de salud mental. Rarísimo. La salud mental es la Cenicienta de la salud, la que tiene menos presupuesto, la que se considera un verso, un dibujo en el pizarrón, la que se considera un gasto, la que da poco dinero al sistema, solamente gasta, gasta y gasta. Y en este momento pareciera haber cobrado un mayor valor social la salud mental no solamente como un derecho que está garantizado por leyes y por convenciones internacionales sino también como un objeto de atención en la construcción de un tipo de vida deseable, mejor que la que tenemos hoy. Y esto se relaciona con horas de trabajo, tipo de trabajo, trabajo a distancia, una nueva generación de jóvenes que no quieren trabajar diez o doce horas por día, que no quieren hacer guardias, que no quieren hacer trabajos sacrificados. También se relaciona con unos nuevos modos de sensibilidad por lo que les pasa a los demás. Y ahí aparecemos los profesionales de la salud mental, requeridos con una frecuencia que antes era inusitada.

-En el libro se pregunta si podremos los humanos hallar un modo de vivir en conjunto que no lesione a nadie. ¿A qué respuesta arriba luego de que se esperaba un mundo más solidario tras la pandemia?

-Desde la Asociación de Psiquiatras de Argentina (APSA) junto con un equipo fantástico de comunicadores propusimos hablar de “solidaridad de rebaño”, haciendo un juego de palabras con la tan escuchada “inmunidad de rebaño”, dando a entender que la pandemia, como un fenómeno global, no era solamente un asunto biológico ni microbiológico, sino que era realmente también una cuestión profundamente cultural, de convivencia, que vuelve a poner sobre la mesa también la necesidad de rediseñar una utopía, que es una de las palabras que está en el subtítulo del libro. Y también de rediseñar una política, teniendo en cuenta esa utopía. Yo creo que la pandemia no deja un mundo mejor, deja un mundo peor. Todos hemos perdido. La pandemia es a pérdida pura. Por lo tanto, el clima imperante es de duelo. Aunque haya momentos más hipomaníacos de triunfo o de “ya se terminó todo”, nos volvimos a encontrar con un mundo con la riqueza más concentrada, con grandes crisis bélicas, económicas, humanitarias, de superpoblación, con nuevas crisis de salud que antes desconocíamos. Y esto nos debería llevar a preguntarnos en qué clase de mundo quisiéramos vivir. Ahí es donde entra el concepto de utopía. Utopía entendida como proponía Eduardo Galeano: eso que te tira hacia adelante, que no se alcanza nunca, pero que te va tironeando hacia adelante, haciendo hacer cosas para aproximarse a ella. Y todo eso que se hace para aproximarse a un mundo mejor es lo que se llama política, en el mejor de los sentidos. No la política para enriquecer a unos a costa de otros, sino la política como la actividad humana más elevada y más amorosa que es la de unir fuerzas para que a nadie le falte nada. La palabra “solidaridad” es muy importante porque vuelve a poner sobre la mesa que los seres humanos somos todos iguales desde el punto de vista filosófico, ontológico y legal, pero cada uno tiene sus propias fragilidades. Y en distintas etapas de la vida, todos necesitamos alguna ayuda. Allí es donde la solidaridad como instrumento civilizatorio, incluso como estrategia política, que tantas veces ha salvado a la humanidad, puede ser un fundamento ético de una construcción narrativa de futuro que genere esperanzas porque sin esperanzas tampoco hay salud mental. El mundo, así como está, es absolutamente inaceptable.

-¿Cómo se puede hacer para que se convierta en aceptable?

-Tenemos que hacer una discusión de cuáles son los fundamentos éticos de nuestras narrativas, que son las que después se utilizan en política.

-Dice también que no hay salud mental sin reflexión sobre las violencias. ¿Cree que la sociedad maduró gracias a la lucha de las mujeres?

-Sí, sin ninguna duda. Los feminismos nos han abierto los ojos a todos y a todas. Ese es otro de los aspectos que tenemos que tener en cuenta. Esto es previo a la pandemia. El hecho de que las tareas de cuidado recaigan generalmente sobre cuerpos con anatomía femenina debe ser revisado. Los discursos que hoy llamamos “movimientos ecológicos”, “movimientos feministas”, son los que hoy traen mayor dinamismo y capacidad de pensar en un futuro mejor. No hay un futuro mejor sin feminismo, sin equidad de género. No hay un mundo mejor sin considerar el desastre ecológico que estamos propinándole a nuestra propia casa. Y tampoco hay un futuro mejor sin una revalorización de la política, que es el instrumento de cambio. Y la salud, junto con la educación, son dos pilares que son indispensables en cualquier formulación de una utopía. Los países que uno admira, que ocasionalmente tuvieron épocas de prosperidad y de justicia social, prestaron mucha atención a la educación y a la salud. La educación, que nos hace libres, que nos permite generar pensamiento crítico y creativo. Y la salud no solamente como la ausencia de enfermedad, sino como la reflexión sobre ese proceso que significa la vida misma, que culmina en la muerte, que tiene accidentes en el medio. Salud no es estar ni siempre contento ni siempre sano. Por eso es tan importante la definición que uno tome de salud y de salud mental. La salud mental está en todo caso en la flexibilidad, en la capacidad de sentir amor, y en la capacidad de sentir pena cuando el otro siente pena. Y ahí está la solidaridad. La salud mental que a mí me interesa como definición es aquella que te mueve a estirar la mano para ayudar a alguien coyunturalmente en una situación de mayor fragilidad que uno. La enfermedad mental, la locura es uno de eso casos de mayor fragilidad que requiere del cuidado de todos. 



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Pablo Sanchez

Sumergido en el vasto mar de las palabras y esculpiendo historias como un artesano, soy Pablo Sánchez, un Artesano de la Escritura Digital que transforma ideas en relatos cautivadores. Mi formación en la Universidad Pompeu Fabra me brindó el cincel del conocimiento. Como un orfebre de letras, mis escritos se despliegan desde los escenarios de eventos internacionales hasta los entresijos de la política, desde las aulas de educación hasta las luces del entretenimiento y las maravillas del medio ambiente. Cada palabra es una pincelada de autenticidad, tejida con el hilo de la transparencia. Acompáñame en este viaje donde las letras se convierten en notas de un concierto de conocimiento, donde la política comparte escenario con la educación, donde la diversión se entrelaza con la conciencia ambiental y donde cada página es un lienzo en blanco para crear mundos de imaginación.

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